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¿Su ropa interior ya está conectada a internet?

Por www.agenciadinamita.com.

Zapatillas para correr con GPS incorporado, collares que monitorean todas las actividades de un perro y lo reportan a sus dueños en tiempo real, relojes inteligentes que programan pagos precisos…  Nuestro ecosistema tiende a estar conectado a un nivel absoluto: electrodomésticos, viviendas, automóviles, artículos de uso común y hasta mascotas.

Actualmente están conectados a internet entre 8,000 y 10,000 millones de dispositivos en todo el mundo. Aunque esta cifra parezca impresionante, apenas representa al 1 por ciento de los objetos. La empresa especializada en telecomunicaciones Cisco estima que en 2020 habrá 4,500 millones de cibernautas y el número de conexiones serán 50 mil millones.

Se le atribuye al británico Kevin Ashton, cofundador de Auto-ID Center, haber sido el primero en hablar del concepto “internet de las cosas” en 1999. Dicho de manera simple, se refiere a la hiperconexión de todo lo cotidiano, que todos los objetos compartan datos e interactúen.

Este año en México se han vendido 276 mil 400 wearables -objetos conectados a internet- 54 por ciento más que el año pasado; se estima que el valor del comercio en 2016 será de 65.56 millones de dólares. No obstante, nuestro país está rezagado en materia de desarrollo de internet de las cosas, debido a que sólo 6.3 por ciento de los dispositivos están conectados, cuando en Corea del Sur este indicador es del 37 por ciento, de acuerdo con The Competitive Intelligence Unit (CIU).

Es un hecho que la tendencia es irreversible. Este panorama plantea múltiples escenarios, tanto positivos como negativos. Históricamente la tecnología ha ido de la mano de la evolución de la sociedad, le aporta beneficios que han repercutido en mejor salud, acceso a educación, nuevas oportunidades comerciales y culturales; no obstante, también ha conllevado riesgos que devinieron en grandes catástrofes.

El caso particular del “internet de las cosas” ofrece un abanico de posibilidades que podrían facilitarnos mucho más la vida y hacernos más efectivos. No obstante, también plantea severos retos en materia de privacidad, seguridad, y salud pública. También afecta directamente al sector económico, debido a que la mano de obra poco calificada tiende a desaparecer frente a una industria que tiene como eje central el desarrollo tecnológico.

Se estima que en México se cometen 12 ciberdelitos cada segundo. Nuestro país está en la lista de las diez naciones con más robo de identidad. Tan sólo de 2011 a 2015 las reclamaciones relacionadas con robo de identidad subieron de 4 mil 564 a poco más de 50 mil.

El panorama mundial tampoco es el mejor. Un estudio de HP reveló que al menos cuatro de cada diez marcas de wearables tienen severos “hoyos de seguridad”.

Incluso uno de los precursores del “internet de las cosas”, Sanjay Sarma, profesor de Ingeniería Mecánica en el MIT y vicepresidente para el Open Learning, advierte al respecto: “Lo que me preocupa es la seguridad, que pirateen nuestro sistema, que se hagan con el control de mi casa, por ejemplo. Eso puede ser un problema. Estaremos en problemas si el Internet de las Cosas no es seguro, si es caro de mantener, si tiene errores, etcétera. Tenemos que hacerlo más asequible, más seguro y tenemos que proteger nuestra privacidad. Estos principios son fundamentales. El Internet de las Cosas es una familia de tecnologías, pero no hay un diseño de la arquitectura todavía”.

El aspecto de la salud es un tema que merece ser tratado aparte. Los estudios apuntan a que el mayor uso de las tecnologías está elevando el estrés y los problemas cardíacos de los ciudadanos. Mención aparte merecen los elevados problemas de adicción a internet y las nuevas sociopatías derivadas de la hiperconexión.

El internet de las cosas implica un severo reto para la sociedad mexicana y, desde luego, sus autoridades. De ambos depende aprovechar sus beneficios para mejorar la vida cotidiana, la competitividad y generar más oportunidades de negocio, o, en su defecto, un caos de inseguridad cibernética, más desempleo y problemas graves de salud pública.

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